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Indigestión de palabras

Indigestión de palabras

La primera vez que probó una letra le pareció que no sabía como nada que hubiera probado antes. Estuvo meditando mucho tiempo para decidir qué palabra degustaría. Fue en busca del diccionario del restaurante y miró largo rato hasta que eligió su letra favorita: la primera de todas, la “A”.

Entusiasmado llamó al mozo y le comento que deseaba como entrada comerse la “A”.

– Como entrada… una “A”… – decía mientras escribía en su libretita – ¿Y qué desea como plato principal?

– ¿Plato Principal? No sé, es la primera vez que vengo. ¿Qué me recomienda?

– ¿Con “A”? – mira hacia el cartel de los menús del día – Hoy como especialidad tenemos la palabra Amor. Vendría a ser una “M” y “O” de plato principal y la “R” de postre.

– ¡Amor!…suena delicioso…¡Tráigame dos!

El mozo le sirvió toda la comida de una forma elegante y halagadora; el señor Michifus trataba de no abalanzarse sobre ella y de cuidar sus buenos modales. Al terminar, luego de 5 minutos riquísimos, se limpio con una servilleta la patita de la “R” que le había quedado en la boca, levantó sus cosas y le pidió la cuenta al mozo.

– Son 200 con 80 centavos señor Michifus. ¿Le ha gustado la comida?

– Sí, sí. Encantadora. Quisiera que me reserve tres menús de estos para mañana si es posible.

– Sólo servimos la palabra “Amor” los jueves. Pero puede probar otras si quiere.

– No, no, gracias. Esperare al jueves entonces. Reserveme doce menús para esa fecha.

Y eso hizo el señor Michifus, espero y espero sin comer nada hasta entonces. Cuando volvió el siguiente jueves, comió, comió y comió sin cesar. Doce palabras “Amor”, tal como había planeado.

Pidió la cuenta nuevamente y esta vez le encargo el doble para la semana siguiente. Al llegar a su casa vomitó una palabra “A”, pero no creyó que fuera algo grave.

A la otra semana hizo lo mismo. Comió, pagó, reservó el doble para el jueves próximo y se fue. Al llegar, vomitó la palabra “Rama” y luego la palabra “Roma”. No comprendió lo que sucedía y decidió esperar.

Al otro día, un cartel en el restaurante lo hizo detenerse: “Viernes de la palabra “Amor” con un descuento del 20 por ciento”. Luego de leer eso, entró apresurado y se pidió un montón de palabras, todas las que podía pagar con lo que le quedaba del dinero del mes. Las personas lo miraban como si estuviera loco, pero a él no le importaba nada, necesitaba esa palabra para ser feliz.

Esa misma noche, empezó a vomitar palabras raras que ya no tenían lógica, palabras como “roorrm” y luego “arorrm”, y de esa forma sin parar. Al parecer las letras se mezclaban en su estómago y revoloteaban por todas partes. Tuvo que llamar a un médico.

El médico llego cuando él ya estaba vomitando palabras enormes y sin sentido como “roooaarrrmmmoor” y “aaaaoorrrrrmmmmoooo”. El doctor comenzó a escribir palabras ininteligibles en una computadora. El señor Michifus se retorcía del dolor y trataba de soportar el vómito. El médico se acercó, comenzó a tocarle la panza, y luego, siguió escribiendo letras ininteligibles. Con el correr del tiempo, después de unos minutos, el médico le entregó una receta, guardó sus cosas y se fue.

El señor Michifus se dirigió rápido hacia una farmacia y le entregó la receta a una chica joven que se encontraba atendiendo . La muchacha desapareció por unos segundos y volvió con la medicación.

– Aquí tiene tres cajas de palabras para curar el empacho de “Amor”: una de soledad, otra de depresión y otra de sinsentido. Y también, aquí tengo los antibióticos que le recetó para la irracionalidad de la digestión que tiene una gran dosis de realidad.

– ¿Sabe cuáles son los síntomas adversos que tienen como consecuencia estos medicamentos?

– No, eso es algo que tiene que consultarlo con su médico de cartilla.

– Ah…muchas gracias…

– ¿Va a llevar algo más? Son 360 con 80 centavos.

– No, solo eso. ¿Aceptan tarjeta? Estoy seco.

– Solo aceptamos tarjetas desde las 10 de la mañana a las 21 horas.

– ¿Podría hacer una excepción? Es una urgencia.

– No creo…que pued… – la joven desapareció devuelta y en su lugar vino un hombre robusto y barbudo.

– ¿Usted tiene una emergencia? – dijo con una voz tan profunda que parecía provenir de su talón y hacer eco en su esófago.

– Eh…sí…eh…yo estoy… vomitando palabras sin sentido…

– ¿Comió demasiadas palabras? ¿Qué palabras comió?

– ¿Qué sucedió con la chica, ella me estaba atendiendo?

– No importa a dónde se fue María, ahora le atiendo yo. ¿Qué palabras comió?

– Las palabras “Amor”

El hombre comenzó a reírse y sentí que me temblaban las piernas. Ese hombre si que daba miedo. Me reí más de nervioso que por ganas de reírme, me dolía mucho la panza.

– ¿De qué se ríe? ¿No se sentía usted mal? Tenga, firme aquí y váyase de una vez. No coma demasiado o hágame el favor de venir a comprar medicamentos en un horario aceptable. Dejé de ver el partido por su culpa.

– Muchas gracias, no lo volveré a hacer. Hasta luego.

– Sal de mi vista y de mi farmacia en este instante.

– Sí, sí. Disculpe. ¡Espere! ¿No me ha devuelto la tar…? Ah… no… aquí está.

– ¡Váyase de una vez! Y que no le vuelva a ver por aquí.

El señor Michifus tomó sus medicamentos durante tres semanas consecutivas y fueron una de las peores semanas de su vida. El medicamento que más le costo fue el del sinsentido y el de la dosis de realidad. Con el tiempo dejo de vomitar palabras y se empezó a sentir mejor, sin embargo la enfermedad había roto algo dentro suyo. Ya no era el mismo de antes.

Después de un tiempo, volvió al restaurante y pidió una palabra más suave.

– Quiero la palabra “Sonrisa”

– ¿Se encuentra a dieta, señor Michifus?

– Sí y sin Amor, Osvaldo.

– Entonces, una palabra “Sonrisa” será. ¿Va a pedir algo más?

– No, nada más por hoy. Ya estoy vacío.

De repente, el señor Michifus tuvo que ir al baño. Allí mismo vomitó la última palabra de “Amor” que le quedaba dentro.

Se sentía demasiado solo y lloraba como loco. Limpio sus lágrimas con el papel higiénico y volvió a la mesa. Allí, espero por la palabra Sonrisa.

Cuando llego la comida, a Michifus se le escapó una lágrima entre la “n” y la “r”. Se dio cuenta que no importaba cuantas palabras pudiera comprar, sus sentimientos no mejorarían. El dinero no le servia, estaba acabado.

Termino de comer y pidió al mozo que le trajera otro plato y que esta vez le agregara una pizca de esperanza.

Shasmine Cianne

La Frankestein Cibernética

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